El expolio del mariscal Soult en Sevilla

Bartolomé Esteban Murillo. El nacimiento de La Virgen. Museo del Louvre

El 1 de febrero de 1810, dentro del marco de la Guerra de Independencia, la ciudad de Sevilla es invadida por las tropas francesas. 

Comienza así uno de los mayores expolios artísticos de la historia reciente de Europa.

Aunque todo comenzó unos años antes. En la guerra que mantenía contra Inglaterra, Napoleón necesitaba anular a Portugal. El país luso era un férreo aliado de los ingleses y actuaba como puerto seguro de sus naves. Como el genial estratega que era, Napoleón sabía que para dominar Europa necesitaba tener el control de sus mares. Por ello, tras proclamarse a sí mismo emperador en 1804, forzó una alianza con España que traería consigo la derrota de la flota hispano-francesa en Trafalgar en 1805 y que acarrearía terribles consecuencias para España, como la pérdida de su poder hegemónico como potencia naval y la desprotección de sus colonias. 

Pero lo peor aún estaba por llegar. En 1807, España firma con Francia el «Tratado de Fontainebleau», mediante el cual se permite el paso de las tropas francesas a través del territorio en su camino hacia Portugal. Además, se obligaba a los ciudadanos españoles a proveer de cobijo y abastecimiento a las tropas francesas. Es decir, España era invadida —con el beneplácito de su rey, Carlos IV— y quedaba completamente a merced de la voluntad del general Murat, el general en jefe de los ejércitos franceses en la península.

El pueblo no tardó en sublevarse ante el abuso de los soldados y, ante inacción de Godoy, Carlos IV decidió abdicar en su hijo, Fernando VII. En 1808 el jovencísimo nuevo rey llega a Madrid y es aclamado como «El Deseado» (aunque luego la Historia dejaría claro que más bien debió haberse apodado «El Indeseable»). El pueblo esperaba que el monarca pusiera orden y acabara con los desmanes de los franceses, pero se equivocaba. Napoleón hizo abdicar a Fernando VII en su padre (en las famosas «Abdicaciones de Bayona») y a éste en el hermano del emperador, José Bonaparte, que pasaría a reinar como José I.

La subida al trono de José I (Pepe Botella para los españoles) provocaría los acontecimientos del 2 de mayo en Madrid. Casi inmediatamente, toda España se levanta contra los franceses, en defensa de su soberanía. Comienza así la «Guerra de la Independencia» que duraría seis largos años y que, si bien dejaría al país sumido en una profunda crisis, también supondría el principio del fin del —hasta entonces— imbatible ejército de Napoleón. 

A partir de este momento, el ejército francés se mueve a su antojo por el territorio español. Se apropia de casas, palacios, iglesias y conventos y los usa para establecer cuarteles, caballerizas y hasta polvorines. Cuando se ven obligados a una retirada, vuelan el polvorín para que el ejército contrario no pueda usar su metralla, sin importar que se encontrara un edificio histórico. Hacían lo mismo con graneros y granjas, dejando no solo al enemigo sin abastecimiento, sino a sus legítimos propietarios condenados al hambre y a la miseria. Los soldados, por su parte, robaban y violaban impunemente, sin que sus mandos ni ninguna otra autoridad se encargara de poner límites a sus crímenes. 

 

 

La consagración de Napoleón (Le Sacre de Napoléon). Jacques-Louis David. 1808
Retrato de Fernando VII con uniforme de capitán general. Vicente López Portaña (c. 1814-1815)
El tres de mayo de 1808 en Madrid o Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío o Los fusilamientos del 3 de mayo. Francisco De Goya. 1814

El saqueo de Sevilla

Dentro de este contexto, los mandos franceses tenían orden de hacerse con todas las obras de arte español que fueran de interés para el Museo Napoleón. Para ello, contaban con la ayuda de los seis tomos del  «Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las bellas artes en España», de Juan Agustín Ceán Bermúdez, publicado en 1800. Todo cuanto estuviera en el diccionario era inmediatamente confiscado, sin más protocolo. 

El propio José I, nada más llegar a Madrid, se apropió de las Joyas de la Corona y las envió a Francia. Nunca se recuperaron y este es el motivo por el que España no tiene corona ni joyas oficiales. 

Siguiendo tal ejemplo, todos los altos mandos del ejército francés en España se dedicaron al expolio de obras de arte: Murat, Sebastiani, Mathieu de Faviers, D´Armagnag, Lapereyre… Pero, si hubo un oficial que destacó sobre todos los demás en semejante «encargo» ese fue Nicolas Jean de Dieu Soult, general en jefe del ejército napoleónico en Andalucía. 

Soult ya venía de haber cometido robos de arte en sus campañas en Austria, Italia y Alemania, pero sería en Sevilla donde daría rienda suelta a sus más bajos instintos. Aquel 1 de febrero de 1810 Soult entró en la ciudad al mando de las tropas francesas e inmediatamente quedó fascinado por la belleza y la riqueza de la ciudad. E inmediatamente comenzó su saqueo, que llevaría a cabo de una manera sistemática e inexorable. Las noticias que le llegaron a Napoleón debían ser excelentes, hasta tal punto que él mismo escribió:

Mis tropas han entrado ya en Sevilla, en donde se ha hallado un formidable botín.

Carta escrita por Napoleón, desde Rambouillet, a su ministro de Guerra, el duque de Feltre.
 

Es importante resaltar aquí que Sevilla no se rindió ni tampoco fue vencida en batalla: capituló ante un ejército contra el que no tenía ninguna posibilidad. Por lo tanto, según las leyes de guerra de la época, tanto las vidas de los ciudadanos como sus posesiones, así como las de las instituciones —incluida la Iglesia—, debían ser respetadas. También, según las capitulaciones que habían firmado tras la toma de la ciudad, los franceses se comprometían a no prohibir los servicios litúrgicos ni a suprimir las órdenes religiosas (algo que venían haciendo en los territorios conquistados). Sin embargo, Soult no cumplió nada de esto. Muchos religiosos fueron expulsados y sus conventos y monasterios usados como cuarteles y polvorines. Todas las obras de arte expoliadas procedían de civiles que no habían opuesto ninguna resistencia a la toma de la ciudad y de la propia Iglesia. 

Soult estableció su residencia y cuartel general en el Palacio Arzobispal y usó el Real Alcázar como almacén de las obras expoliadas procedentes de la propia ciudad y de la provincia. Puso al cargo al alcaide, Eusebio Herrera, que se ocupaba personalmente de catalogar y almacenar las obras. En total, hasta 999 pinturas de artistas de primera línea se almacenaron en sus dependencias. Aunque, finalmente, «solo» unas 300 de éstas saldrían de España. Sin embargo, es importante especificar que estas obras habían sido expoliadas «oficialmente», es decir, su destino final era el Museo Napoleón. 

 

Retrato en pie de Nicolas Soult (1769-1851) mariscal de Francia, duque de Dalmacia. Pintura de Jean Broc

Pero no todas las obras robadas iban a tener ese fin. De hecho, Soult se quedaba con las mejores pinturas para su propia colección particular. Estas obras «robadas a título personal» se apartaban de las demás, siendo custodiadas en su residencia. En total, se estima que el mariscal se apropió de más de 180 obras de arte de los mejores maestros: Murillo, Zurbarán, Alonso Cano, Valdés Leal, Rubens, Herrera «El Viejo», Juan de Roelas…

Veamos solo algunas de las obras expoliadas que se encuentran en distintos lugares del mundo: 

 

La huida a Egipto. Murillo.Galleria di Piazzo Bianco, Génova
El Triunfo de la Inmaculada. Murillo. Museo del Louvre
San Pedro arrepentido. Murillo. Colección Townsend, Newick (EEUU)
San Pedro liberado por un ángel. Murillo. Museo de L'Ermitage, San Petesburgo
El retorno del hijo pródigo. Murillo. National Gallery. Washington
La curación del paralítico. Murillo. National Art Gallery. Londre
El Niño Jesús repartiendo pan a los sacerdotes. Szépmüvészeti Múzeum. Budapest
San Andrés. Zurbarán. Szépmüvészeti Múzeum. Budapest
San Basilio dictando su doctrina. Herrera, el Viejo. Museo del Louvre
Santo Tomás de Villanueva, niño, repartiendo limosna. Murillo. Cincinnati Arte Museum
Cristo servido por los ángeles en el desierto. Francisco Pacheco. Museo de Goya. Castres, Francia

El curioso caso del Convento de los Capuchinos de Sevilla

Un caso digno de destacar es el del Convento de los Capuchinos de Sevilla. Los frailes se vieron obligados a abandonar el edificio, pero antes, por encargo del definidor provincial Luis Antonio de Sevilla, sustituyeron las pinturas de su retablo mayor, todas obras de Murillo, por copias de escaso valor. Después, enviaron las obras originales a Cádiz, la única ciudad andaluza que no había sido tomada por los franceses en ese momento. De esta forma, evitaron que las obras cayeran en manos de Soult (excepto tres cuadros que, finalmente, fueron recuperados). 

Actualmente estas pinturas se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, en el presbiterio de la Sala V (a excepción de la gran «Inmaculada» llamada «La Colosal» que procede del  Convento de San Francisco). Entre ellas destaca la famosa «Virgen de la servilleta» de Murillo. 

Virgen con El Niiño (Virgen de la Servilleta). Bartolomé Esteban Murillo, 1666. Museo de Bellas Artes, Sevilla

El destino ¿final? de las obras

El 27 de agosto de 1812 Sevilla, tras la Batalla del Puente de Triana, los franceses pierden Sevilla ante una coalición formada por españoles y aliados ingleses. En su retirada, Soult se llevaría consigo todas las obras expoliadas a título personal con destino a sus residencias de París, el castillo de Soultberg y la mansión de Villeneuve. 

Tras el fin de la guerra, se formó una pequeña embajada integrada por el general Álava, el capitán Nicolás Miniussir y el pintor Francisco Lacoma con la finalidad de recuperar las obras robadas. Lograron que se devolvieran una pequeña parte de las pinturas que habían sido expoliadas «oficialmente», es decir, las que iban destinadas al Museo de Napoleón. Pero fue imposible recuperar las que habían sido saqueadas por los altos mandos. 

Ninguna de las 180 pinturas de las que se apropió Soult fue restituida. A su muerte, en 1852, sus herederos subastaron gran parte de la colección, de manera que las obras fueron distribuidas por todo el mundo. Solo la «Inmaculada» de Velázquez —hoy en el Museo del Prado (después de haber sido adquirida por el Louvre a la muerte Soult, en subasta)— y el San Sebastián asistido por Lucinda y Santa Irene, de Ribera ( actualmente en el Museo de Bilbao), acabarían regresando a España. 

 

San Sebastián asistido por Lucinda y Santa Irene. José de Ribera. Museo de Bilbao
Inmaculada Concepción. Velázquez. Museo del Prado

Similar destino corrieron las otras obras robadas por los oficiales. Casas de subastas y marchantes se encargaron de gestionar su venta y de su distribución por todo el mundo. Hoy se encuentran en grandes museos (como el Louvre, el Hermitage, el Cincinatti… etc) y en colecciones particulares. 

Por supuesto, el gran expolio de Soult y los demás mandos franceses, no fue el único motivo por el que numerosas obras de arte salieron del país en este nefasto período. Podríamos escribir durante días sobre la desidia y la corrupción de políticos y funcionarios que usaban el patrimonio artístico español como moneda de cambio. El propio Godoy regaló un Murillo de la colección real (está genial esto de hacer regalos con el patrimonio nacional) a Sebastiani, a saber a cambio de qué. José Bonaparte huyó con 1.500 carruajes (sí, 1.500) cargados de oro, plata, obras de arte y otros objetos valiosos  a su salida forzada de España. Fernando VII rechazó la devolución que le ofrecía el general Wellington de 165 pinturas valiosísimas que habían llegado a su poder. 

Pero esto es ya otra historia de la que quizás hablaremos en otra ocasión.

Personalmente, he tenido la suerte  contemplar muchas de estas obras perdidas que hoy se encuentran dispersadas por los grandes museos del mundo: el Louvre, la National Gallery de Washington, el Metropolitan Museum, la National Art Gallery de Londres… Es una sensación extraña cuando, recorriendo sus salas, me he encontrado con ellas: un magnífico Murillo, un Velázquez, un Zurbarán… No puedo evitar sentir una pequeña punzada de orgullo. Al fin y al cabo, esas son las pinturas con las que yo he crecido y con las que he aprendido a amar el arte. Hay una especie de pequeño triunfo cuando allí, tan lejos de casa, alguien se detiene junto a esa obra y la observa durante unos segundos con la misma admiración que lo hago yo. Pero, al mismo tiempo, hay una punzada más aguda aún: la de saber que esas pinturas fueron sacadas por la fuerza de nuestro país, arrebatadas a sus legítimos propietarios y vendidas al mejor postor por marchantes sin escrúpulos. 

Más de doscientos años después de que Soult expoliara impunemente algunas de las pinturas más bellas del patrimonio español, éstas continúan acaparando todas las miradas, incluso en lugares tan lejanos y en personas tan diferentes a quienes las encargaron originalmente. Nadie se acuerda ya de Soult, por supuesto, ni de ninguno de los otros generales de Napoleón. No son más que nombres  olvidados en polvorientos libros de historia. Pero las obras que arrebataron siguen acaparando catálogos y fotografías y admiraciones de sorpresa donde quiera que se encuentren, incluso al otro lado del océano.

Y esa es, quizás, la pequeña gran venganza de los viejos maestros españoles.

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Espero que volvamos a vernos muy pronto para seguir desvelando juntos los secretos del arte.

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3 comentarios en «El expolio del mariscal Soult en Sevilla»

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